Detrás del magnetismo indómito de Tulsa late el corazón de Miren Iza, una auténtica proscrita del indie estatal que aprendió a morder el polvo a finales de los noventa escupiendo electricidad con el punk-pop salvaje de Electrobikinis. Lejos de acomodarse en la pulcritud comercial, Iza mandó todo a paseo para fundar su proyecto más personal, bautizado con el nombre de la polvorienta ciudad de Oklahoma y fuertemente impregnado por la mística de las carreteras secundarias, el folk-rock americano y el malditismo lírico. Con una nominación al Grammy Latino bajo el brazo desde su debut en 2007 y armada con un directo donde el dolor se baila y los estribillos trepanan la memoria, ha esquivado las radiofórmulas a base de coherencia, actitud y relatos viscerales cantados en castellano.

